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El destino: Motilla del Palancar

Pablo Lluva, vinculado en los últimos años a la vida de Motilla, fue concejal de Izquierda Unida en el Ayuntamiento entre 2023 y 2026 y mantiene además una implicación activa en el ámbito cultural, especialmente a través del teatro.

El siguiente artículo, escrito por el propio Lluva, inaugura esta sección de opinión y propone una reflexión sobre la vida en los pueblos, reivindicando el valor de lo cercano frente al ritmo acelerado de las grandes ciudades.

El destino: Motilla del Palancar.

A menudo, el mundo moderno nos empuja a creer que el éxito está ligado a la velocidad, a las luces de neón y al anonimato de las grandes ciudades. Sin embargo, quienes habitamos Motilla del Palancar sabemos un secreto que los mapas no cuentan: la verdadera calidad de vida no se mide en kilómetros de calles, sino en la profundidad de los vínculos y en la propiedad de nuestro propio tiempo.

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Vivir en un pueblo como el nuestro es, por encima de todo, un acto de resistencia frente a la soledad urbana. Aquí, la calle no es un simple lugar de tránsito, sino una extensión del salón de nuestra casa. Hay una belleza casi poética en el hecho de que cruzar el pueblo nos lleve el doble de tiempo de lo previsto, no por el tráfico, sino por los altos en el camino para preguntar por la familia de un vecino o comentar la última noticia. Ese "retraso" es, en realidad, nuestra mayor riqueza: la certeza de que somos alguien para los demás.

Esa es la cultura que de verdad importa. No la que se encierra en museos, sino la que se transmite en el gesto de dejar la llave al vecino o en el saber que, si alguien falta un par de días a su cita con el café, habrá alguien preguntando en su puerta. En Motilla, la vida tiene una escala humana, no somos números, somos nombres propios. Sabemos quién hace el pan, quién cuida el campo y quién acaba de llegar al mundo. Esa red de seguridad invisible es lo que nos permite caminar con los hombros relajados, sabiendo que no somos extraños en nuestra propia tierra.

A veces, al caer la tarde, cuando el murmullo de El Riato se apacigua y el cielo de la Manchuela se tiñe de ese naranja intenso que parece no tener fin, uno comprende el lujo que supone el silencio. Ese silencio que no es vacío, sino paz. Es el lujo de poder escuchar tus propios pensamientos mientras caminas hacia el Carrascal, o de disfrutar de una charla sin mirar el reloj, porque aquí el tiempo no nos pertenece a nosotros, sino que nosotros pertenecemos al tiempo de las estaciones, de las cosechas y de las tradiciones compartidas.

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Muchos ven en los pueblos un lugar del pasado, pero yo veo en Motilla el modelo del futuro. Un futuro donde la tecnología nos permite estar conectados con el mundo, pero nuestra piel necesita el contacto con lo local, con lo tangible. La belleza de vivir aquí reside en ese equilibrio: ser un motor que no se detiene, que emprende y que trabaja, pero que al llegar a casa sabe quitarse el peso del día para disfrutar de lo sencillo. Unas brasas, una puerta abierta, el saludo de un amigo.

Al final, ser de pueblo es una filosofía de vida. Es entender que la felicidad no es tenerlo todo, sino reconocer lo que es suficiente. Y aquí, en este rincón de Cuenca, tenemos lo suficiente y más: tenemos raíces, tenemos horizonte y, sobre todo, nos tenemos los unos a los otros.

Que sigan pasando los coches por la autovía buscando destinos lejanos; nosotros ya hemos llegado a donde queríamos estar.

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