La otra cara de las fiestas
Mientras las plazas se llenan, las terrazas rebosan y la mayoría disfruta de sus vacaciones, hay quienes viven el verano como la época de trabajo más intensa del año. En esta nueva entrega, Pablo Lluva nos invita a mirar al escenario con otros ojos en su artículo "La otra cara de las fiestas". A través de una sincera reflexión, el autor pone en valor el esfuerzo, los ensayos y las bambalinas de artistas, técnicos y colectivos culturales que renuncian a su propio descanso para hacer posibles nuestras noches de verano, recordándonos que el respeto a la cultura no se demuestra solo con aplausos, sino entendiendo el trabajo y la dedicación que hay detrás de cada función.
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La otra cara de las fiestas
Hay una imagen que se repite cada verano en Motilla del Palancar. Las plazas llenas, las terrazas rebosando, las orquestas afinando los últimos instrumentos, los actores esperando entre bambalinas, los técnicos revisando por enésima vez el sonido y las luces. Mientras la mayoría disfruta de sus vacaciones, hay quienes saben que empieza la época de más trabajo del año.
El verano tiene algo especial. Lo contaba hace unas semanas en La noche es joven: nuestras calles recuperan la vida, los jóvenes regresan al pueblo y las noches vuelven a convertirse en el punto de encuentro de varias generaciones. Esa magia no aparece por casualidad. Detrás de cada concierto, cada representación teatral, cada pasacalles o cada espectáculo hay decenas de personas que renuncian a estar al otro lado, al lado del público, para hacer posible que los demás disfruten.
Quizá por eso me llama la atención que muchas veces olvidemos que los artistas también están trabajando. Nos acostumbramos tanto a verlos sobre un escenario que parece que su pasión elimina automáticamente el esfuerzo. Como si el hecho de disfrutar de su profesión hiciera desaparecer las horas de ensayo, los kilómetros recorridos, el calor soportado, los montajes interminables o el cansancio acumulado después de actuar de madrugada y volver a empezar al día siguiente.
Existe una idea equivocada de que cantar, actuar o tocar un instrumento durante las fiestas es poco menos que unas vacaciones pagadas. Nada más lejos de la realidad. Mientras muchos planean escapadas, cenas o noches de fiesta, ellos pasan horas viajando, descargando material, maquillándose, esperando pruebas de sonido o desmontando escenarios cuando el resto ya duerme.
Y no hablo únicamente de los artistas que vienen de fuera. Pienso también en nuestros grupos locales, en las bandas de música, en las asociaciones culturales, en las escuelas de teatro, en los coros y en todas esas personas que dedican buena parte de su tiempo libre a preparar actuaciones que, en muchas ocasiones, solo reciben un aplauso de unos minutos como recompensa.
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En una columna anterior escribía que, muchas veces, nos quejamos de que hay poca vida cultural mientras luego no acudimos a las actividades que se organizan. Lo sigo pensando. Una programación cultural no se sostiene únicamente con subvenciones o con la ilusión de quienes la organizan; también necesita un público que valore el trabajo que hay detrás. Porque asistir a un concierto, a una obra de teatro o a un espectáculo no es solo ocupar una silla. Es reconocer el esfuerzo de quienes llevan meses preparándolo.
El respeto hacia los artistas no consiste únicamente en aplaudir cuando baja el telón. Empieza mucho antes. Empieza siendo puntuales, evitando hablar durante una actuación, entendiendo que detrás de un pequeño error hay cientos de horas de trabajo bien hecho y, sobre todo, dejando de pensar que la cultura es un entretenimiento que aparece por generación espontánea.
Este verano, mientras disfrutemos de las fiestas de nuestros pueblos, quizá merezca la pena mirar unos segundos hacia el escenario antes de mirar al móvil. Allí habrá personas que también querrían estar disfrutando con sus amigos o con su familia, pero que han elegido dedicar ese momento a hacer felices a los demás.
Porque mientras unos viven el verano como vacaciones, otros lo viven como su temporada más intensa de trabajo. Y gracias a ese trabajo, precisamente, nuestras noches de verano tienen banda sonora, emoción y recuerdos que nos acompañarán durante todo el año.
Quizá el mejor homenaje que podemos hacer a los artistas no sea un aplauso más fuerte. Quizá sea entender que, cuando nosotros estamos de fiesta, ellos también merecen el mismo respeto que cualquier otro profesional que está desempeñando su trabajo.
Quiero concluir con una última reflexión: Cada vez que una orquesta llena una plaza, que un actor consigue emocionarnos o que un músico pone banda sonora a una fiestas, está regalándonos algo que no volverá a repetirse nunca. El arte sucede en el presente. Cuando termina una función, esa función desaparece para siempre. Lo único que permanece es el recuerdo de quienes estuvieron allí.
Pablo Lluva Cuenca
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